El amor en tiempos del Fakebook

transfem

Artículo con el que colaboré en el recién salido Transfeminismos. Epistemes, fricciones y flujos. Compilado por Elena Urko y Miriam Solá. Editado por Txalaparta, dic. 2013 (1ra. edición).

El amor en los tiempos del Fakebook

Aquella semana corregía una novela de amor. Mientras, fui a visitar a un amor antiguo.

Volví a casa después de la visita. Terminé la corrección. Mi cuerpo estaba convaleciente. Las piernas me pesaban como prótesis extrañas.

Sentía que me había consumido hasta los huesos con aquel texto sobre un amor perturbado y sus efectos en una joven inadaptada. En mi mente cansada se mezclaban los recuerdos de aquel romance ajeno con los de mi propia historia. Entonces me di cuenta de hasta qué punto mi vida había estado moldeada por la búsqueda del amor como proyecto vital, como proyección del yo en el futuro. Y cómo, gracias a la práctica continuada del sexo y la relacionalidad amorosa fuera del paradigma de la heteronormatividad, había llegado a distinguir entre deseo y placer, amor y sexo, confianza y conocimiento, compromiso e inmutabilidad.

Dicen que has de separar para entender, y luego, volver a juntar. Así, entendí que el deseo podía ser un placer; que el placer podía venir sin sexo; que la confianza era indispensable en toda relación; y que el compromiso se hace efectivo aquí y ahora.

Nunca antes se me había ocurrido que había emociones tan o más importantes que el amor. Ni que el sexo no fuera una necesidad imperiosa para mantener la cordura. Y resultó que, no solo el amor no era tan importante, sino que el sexo dejó de ser la fuente primordial de placer y aquello que me definía como persona.

La llave que abrió las puertas a esa comprensión fue dejar de ser lo que (no) era – mujer, pareja, madre, diosa – para ser algo que no sabía que era, una amalgama incierta más allá de las proyecciones y los deseos.

Yo no era tan importante. Ni tan poca cosa. Era algo más. Algo desconocido e intrigante, algo que no me esperaba, que se extendía más allá de mis fronteras. Y podía existir sin que el amor de otros seres confirmaran mi existencia.

Mi cuerpo sigue queriendo que lo quieran. Mi piel sigue deseando otras pieles. Pero el cuerpo no entiende de sapos, princesas ni novelas; si acaso de poros, sudores, estremecimientos. Placeres. Y que le dejen en paz.

(Luego está el hijo1. Alguien a quien es difícil decir “te quiero”. Suena a banalidad. Una redundancia. Una incomodidad. Al hijo le quieres antes de conocerle. Y luego, has de aprender a amarle, a pesar suyo, a tu pesar. Sin sexo. No todas las madres aman siempre su creación. El amor no es una condición vital, sino una forma más agradable de vivir.)

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1Utilizo el masculino porque es mi caso.

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